Lourdes Jiménez

En la encíclica del papa León XIII Rerum Novarum (1891), las diferencias sociales y el bienestar de las clases trabajadoras se representa como una responsabilidad de las élites burguesas dirigentes, que había de traducirse en una acción redistribuidora y paternalista basada en la caridad y en la atención a las clases más desvalidas. Será en este contexto de transformación de la sociedad catalana de estos años y por la vía del cristianismo social, donde se encuadre la obra de Jacint Verdaguer con Caritat (1885), además de los trabajos de Gaudí y el pintor Aleix Clapés.

Clapés fue un pintor singular e inclasificable dentro del panorama pictórico de su época, en esa generación a caballo entre la Renaixença y el Modernismo. Adelantó en Cataluña un simbolismo épico, de carácter fantástico y fantasmagórico en sus obras alegóricas y literarias como la del ciclo sobre L’Atlántida para el Palau Güell. Pero fue con los temas religiosos, donde mostró su hermanamiento espiritual con otros dos grandes nombres de la cultura catalana, amigos y coetáneos como Verdaguer y Gaudí. Las escenas religiosas y bíblicas ofrecen ese gusto de Clapés por la caridad, el perdón y la piedad, como lo demuestran las pinturas del salón del Palau Güell, Santa Isabel protegiendo a un inválido, Santa Isabel ofreciendo la corona de reina a un pobre, ó la desconcertante Misericordia, Señor! (1896). Este conjunto y otros ejemplos como Cristo crucificado, Ecce-Homo, Martirio de San Pedro, La deposición del cuerpo de Cristo (todas en el MNAC), ofrecen un paralelo espiritual con la obra de Gaudí y Verdaguer, donde la denuncia de los poderosos sobre las clases pobres, este arte evangélico y moralista que comportaba ejemplos de caridad cristiana lo llevaron a no tener el reconocimiento que debía pero que, sin duda, le convertía en un artista inclasificable.

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