La voz de la Atlántida

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Al escritor granadino D. F. Carmona

 

Abatida por el rayo,

en el abismo yace la Atlántida,

cadáver de un continente

que tiene por fosa el mar;

mas, titán mal enterrado,

sin cesar bracea y brama,

y hoy le ha lanzado un grito

a su vecina España:

—Hija mía de mi alma,

ven, ven a mi lecho de agua;

mi cadáver es gigante,

pero todavía otro más cabe.

—Para ir al fondo del mar

—responde— soy jovencita;

deja que me quede aquí,

en medio de Europa y África,

aquí de donde Colón salió,

aquí donde San Jaime llegó.

—Si no vienes de buen grado,

vendrás conmigo arrastrada

por los pies de tus montañas,

por los cabellos de tus enramadas.

—En el mundo tengo hondas raíces

como en mi alma está la fe;

si me sostiene la mano de Dios,

aunque el cielo se caiga, no caeré yo.

Viendo que no quiere ir,

le propina un zarandeo,

sacudiéndola de principio a fin

con sus brazos cordilleras.

Le manda de sus atlantes

una legión subterránea,

la que tiene a Tenerife

por chimenea titánica.

Los obreros del infierno,

que a sus pies minan y palpan,

hacen rotar torbellinos,

tormentas de fuego y llamas.

Ya trepida el Mulhacén,

sierras de Ronda y Nevada

ven como caen sus pueblos,

como pierden los frutales

su dulce carga.

Oscilan montes y llanos

con terremoto terrible,

de Valencia al Pirineo

de Portugal a Cerdaña.

De esa temblorosa nave

es la Bética la barca,

la barca que en el tifón, ¡ay,

a punto está de irse a pique!

Se resquebraja su fondo

y, por sus abiertas bocas,

Encédalo ponentino

hace sentir sus bramidos:

—Baja conmigo al fondo del mar,

baja conmigo, hija España;

la mar, de donde surtiste un mundo,

es digna de ser tu tumba.

No lo escucha España, no,

que otras voces la reclaman,

la voz de sus hijos muertos

en Motril, Loja y Alhama.  

 

—¡Oh Caridad, voz de Dios!

que hoy despiertas a mi patria,

recuérdale sus grandezas,

lo que hoy es y lo que era,

cuando medio mundo y más

con su pendón se abrigaba.

Apágale las pasiones

que la tienen abrasada;

la indiferencia, ese hielo

que cualquiera rueda para;

la política sin corazón,

sin corazón, sin entrañas;

error que todo envenena,

vicios que todo lo matan;

la blasfemia, hediondez

de sepulcro que no encaja.

Ata hermanos con hermanos,

una con otra, naciones,

ata el cielo con la tierra,

ata, a los ángeles, hombres.

La caridad es la ley

que hace gravitar las almas

en torno al Dios del amor,

y las atrae, mueve y lanza

por sendas de viva luz,

con alas de viva llama,

como astros en torno al sol

en luminosa cascada.

Caridad, voz de lo alto,

La voz del abismo apaga,

y la armonía del cielo

aquí a la tierra ya baja.       

 

Traducción Lluïsa Cotoner
Locutado por Manel Llanas

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